Horas bajas

MAREAS Y CICLOS, RÍO ABAJO…

Recuerdo que hace mucho tiempo y enervado de “lidiar” en este engendro conocido como virtualidad, elegí la sombra de una palmera a orillas del río eterno para reposar y buscar respuestas a cerca de ese mismo río y sus criaturas… Eran tiempos arduos pero no intransitables en lo relativo a la comunicación humana y sus escollos naturales… Pero como digo, ha transcurrido mucho tiempo desde entonces… Después de todo ese tiempo, hoy, atrapado en su propio espacio paradójico, uno debe ser honesto, consecuente y con una desusada humildad reconocer que jamás debí abrigarme a la sombra de aquella palmera a orillas del río eterno… Ahora lo se, después de todos estos años, lo se… Sin embargo, no hay lamentos, no hay sollozos, solo el lejano rumor de las aguas que acariciaron las riberas de ese gran río son el pensamiento asentado y al mismo tiempo, atrapado en la memoria de lo que ahora zozobra en el océano del delirio exhausto y condenado a extinguirse en las arenas del olvido… ¿Quién puede afirmar desde su ignorancia que el río eterno no sangra?… He visto sangrar ese río y he sentido compasión, no por el río, sino por lo que he visto de mí mismo: El destino de ese gran río será por siempre abalanzarse sobre los brazos del mar que lo espera para fundirse en un solo espíritu…

“Como un galeón errante surcando los océanos de arena; como un caminante inmutable desterrado de su propio destierro; Como hijo del espíritu del viento que vaga susurrando a las piedras; así fue siempre mi aliento bagual, un alma que se aferraba a la arena; a un solo grano de arena como único sustento… ¿Donde anidará ese grano de arena?”

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